Dicen que una mente ocupada no extraña,
pero yo te extraño en medio de una larga jornada,
en las conversaciones que se extienden por horas
y en los silencios que se alargan al final del día.
A la hora del café, tu recuerdo se sienta frente a mí,
antes de dormir te cuelas en mis sueños,
y en cada madrugada vuelvo a buscarte
entre sombras y los suspiros.
Te extraño cuando todo está tranquilo
y tengo tiempo libre para pensarte,
también cuando la rutina es un caos
y digo, ojalá estuvieras aquí,
para compartir el cansancio y la risa.
Veo tu rostro en medio de la multitud,
pero no estás ahí,
solo es un espejismo de mi esperanza,
un reflejo que se desvanece entre la gente.
En medio de las sonrisas y las celebraciones
aparece tu rostro,
como un eco suave y persistente
que me recuerda que,
aunque pase momentos agradables,
me haces falta tú.
Así, tu ausencia se convierte en mi compañía,
y tus ecos resuenan en cada espacio
donde alguna vez fuiste alegría.