JUSTO ALDÚ

LOS SEÑORES DE OBSIDIANA

Duerme la raza abuela bajo el cielo,
bajo la ceiba, reina la espesura;
la piedra guarda su secreto en suelo,
el musgo ceñido a su antigua altura.

Verdes los templos, mordidos por la selva,
alzaron sobre el tiempo su osamenta;
cada columna, aunque la sombra vuelva,
sostiene todavía la tormenta.

Tepeu nombró la luz antes del día,
cuando aún la noche no tenía nombre;
el barro recibió su profecía,
nació la creación, pensamiento del hombre.

En Xibalbá, bajo el umbral profundo,
Hun-Camé guarda su reino fatal;
allí la muerte tiene otro mundo,
allí la noche es piedra sepulcral.

Todo es atavismo de obsidiana,
negro espejo de antigua presencia;
cada fragmento de la raza maya
conserva un trueno de conciencia.

Midieron las edades del firmamento,
con sombra, sol y exacta claridad;
ataron a sus ciclos el momento
y al tiempo le dictaron su verdad.

Voló Kukulkán, serpiente emplumada,
desde la piedra hacia la eternidad;
su sombra hizo del cielo una morada,
su vuelo abrió puertas a la inmensidad.

Duerme la raza; la montaña calla,
la selva vela su memoria inerte;
la obsidiana permanece en su muralla:
el imperio maya que venció a la muerte.

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