En el perchero cuelga
el sombrero de siempre
y la bufanda negra
ya no me dice nada.
Se me han extraviado
tus ojos en la grada.
El sofá me interroga
y te espera… te espera.
Mi corazón palpita
y el perro todos los días
te reclama.
Mi monólogo acaba
cuando llegas a casa
y el sol por la ventana
se mete
y se recrea.
L.G.