José Honorio Martínez Ochoa

La región del sueño

La región del sueño

La tarde se despoja de la lluvia
en la región del sueño diurno,
ese sueño que viaja perpetuamente
desteñido por los caminos de la memoria.

Recorro la corriente nítida
de tus labios sureños.

Laguna y río,
como yedras,
así se extiende la poesía
sobre aquello que todavía permanece.

Los sonidos llegan
como latigazos de mar y arena,
estruendos que infunden territorios
mientras las orugas galopan
bajo la sombra de los almendros.

Helechos
en el descanso del día.

El frío permanece en el cinto,
firme y sereno,
mientras la sonrisa de la palmera
resiste en la intemperie.

Observo las conversaciones galopantes,
tal vez las de las hojas,
esas hojas enigmáticas
que hablan entre sí
cuando nadie las escucha.

Los rayos del sol
imprimen en el agua
la curiosidad del poeta.

Y el agua,
sin responder,
abre un espacio místico
donde el mar parece recordar
lo que nosotros hemos olvidado.

Arribo entonces
al puerto secreto de unas manos.

No sé de dónde vienen,
pero conozco su refugio.

En ellas permanece
la sensación imperturbable
que destella el beso.

Me refugio en el sonido de las alas,
en la copa celeste del perfume,
en esa embriaguez intermitente
de los vegetales
cuando la tarde comienza a desaparecer.

Todo parece moverse
hacia una misma revelación:

la realidad marina
no está lejos.

Está en la piel,
en la respiración,
en el temblor de una hoja,
en la humedad que dejan los labios.

Como uvas que tiemblan en los surcos,
los recuerdos esperan
su momento de madurar.

Y yo permanezco allí,
entre la lluvia que se retira
y el mar que todavía no termina,

escuchando cómo el mundo
se pronuncia lentamente
en tu nombre.