Un temblor es igual que el amor:
dos cuerpos que buscan unirse.
Son dos placas que hoy se desprenden,
pero mañana vuelven a unirse.
Hay mucha rabia y hay muchos gritos,
pero este cielo sigue bendito.
Todo se calma, tus ojos en blanco,
cuando un beso apasionado te alcanza.
Y todos preguntan qué es lo que pasa,
cuando el piso se mueve como gelatina.
Es este amor que todo lo arrasa,
como se desborda el agua en la tina.
¡Es el amor! ¡Es el amor!
La calma viene estando en tus brazos,
donde se perdonan los dos amantes.
Gritan plegarias directo al cielo,
para que la paz al fin los alcance.
Es la manera en que los humanos
hemos entendido este dolor:
es un torbellino muy turbulento,
pero en la cama hay solución.
Por eso si te dicen que están bravos,
déjalos solos en su tormenta.
Es el amor que tarde los alcanza,
el viejo amor de las parejas.
Somos distintos, no pensamos igual...
Somos mareas y lava ardiente.
Somos humanos, ¿Qué vamos a hacer?
Así es el amor...
En el sol poniente.
Un temblor...
Y luego la calma.