Acaso no haga falta el universo entero
ni la ruidosa multitud de las avenidas,
para inventar de nuevo la ternura
basta una cifra humilde, un par de vidas.
Con dos de la misma alma y en el mismo andén,
que compartan el frío y la intemperie,
descubriendo que el miedo se destruye
cuando un destino igual los interfiere.
Con dos que alcancen el tope de la subasta
y no vendan la piel, sino que entreguen el abrazo,
con dos que bailen sin casa en el mismo tren
marcando el ritmo del vagón paso a paso.
No se busca el milagro de los héroes,
sino el rincón donde la fe concuerda,
con dos que resulten ser de la misma casta,
la de los que el amor recuerda.
Con dos que entre tantos ecos se digan ¿quién?
y se respondan con los ojos claros,
con dos que se nos parezcan en la canasta
de los que viajan como náufragos raros.
Gente común, sin lujos ni medallas,
pero que carguen el dolor sin queja,
con dos que tengan el alma como de cien
cuando la noche del dolor se acerca.
Al fin y al cabo, la historia se reduce
a sostener la luz que nos desgasta,
con dos que se amen bien,
con dos que se amen, basta.