Leoness

Anatomía en furia

El bastidor se retuerce, un corazón pulsa en trementina roja,

latiendo dentro del mármol,

mientras la espátula arranca de la nada la comisura de tus labios.

 

¡Rojo cadmio. Rojo herida. Rojo hendidura.!

 

Un tajo de bermellón viscoso cortando el aire,

flores de pigmento imposible estallan en el espacio,

azul delirio, verde espectral, una irrealidad sonante que zumba en los oídos del bronce.

 

Y en el centro del caos, un arco iris atrapado 

en la cuenca de una estatua que piensa,

porque son tus ojos,

bajo el martillazo de un pensamiento absoluto que todo lo aplasta y lo domina.

 

Sentimientos fugaces golpean el lienzo,

las sensaciones gotean espesas, amarillas, sobre el pedestal,

esculpo la arquitectura de tu rostro,

facciones geométricas, aristas de granito pulido,

donde he cincelado la esfera inerte, cansada, helada, paralizada,

impotente ante el principio inalterable de tu destino.

 

La materia no puede cambiar lo que ya está escrito en la piedra,

pero la pintura flota. La imaginación enciende luces de sombras

que giran en semicírculos,

buscando la redondez perfecta de la nada.

 

El pincel desciende por la arcilla húmeda,

ordena la línea, talla el trazo,

extiende la tiza blanca para erigir tu largo cuello de cisne.

 

Un marfil vivo que no pertenece a este mundo.

 

El pincel cae, el cincel se quiebra,

ya no hay óleo, ni mármol, ni geometría,

solo queda la voz del vacío.



Poco a poco perdemos la razón 

en un profundo sinsentido que nos transporta entre

el bloque, la masa y el caos, entre el boceto húmedo 

de trementina, y el placer de vender nuestras almas al mito