De joven, con el alma atormentada,
fui fuego, tempestad y resistencia.
«Cambiar el mundo entero», mi exigencia;
«Señor, dame la fuerza en mi cruzada».
Mas vi pasar los años de mi vida,
sin ver a un solo pecho transformado.
Pedí trocar al menos al de al lado,
salvar a mi familia y mi guarida.
Hoy que la nieve cubre mis cabellos
y veo el fin de mi cansada historia,
comprendo la ilusión de aquella gloria
y el eco tan fugaz de sus destellos.
Si hubiera comprendido en un inicio
que el único camino verdadero
es transformar el corazón primero,
no habría sido mi vida un desperdicio.
«Señor», digo al final del espejismo,
«hoy que la luz se apaga en mi sendero,
tan solo esta piedad de ti yo espero:
el don de transformarme a mí mismo.»