Me elijo
Hoy he decidido no esperar rescates.
No porque no necesite ternura,
sino porque aprendí
que también puedo ser refugio.
Voy a tomarme de la mano
cuando el miedo me encuentre,
a sentarme conmigo
cuando el mundo se vuelva demasiado ruidoso,
a decirme al oído:
quédate,
todavía tenemos mucho por vivir.
Me invitaré a la noche
y beberé despacio la alegría,
bailaré conmigo
hasta que el cuerpo recuerde
que nació para el gozo
y no solamente para resistir.
Después saldré a caminar bajo la luna.
La miraré sin pedirle nada.
Y cuando su luz se derrame sobre mis hombros,
no me compararé con ella.
Le diré a mi propio reflejo:
mira qué hermosa estás,
mira cuánto has sobrevivido,
mira cómo todavía floreces
después de tantas estaciones.
Volveré a casa
con la madrugada prendida en los cabellos,
encenderé el fuego,
prepararé un desayuno para mi hambre
y para esa otra hambre secreta
que no se alimenta de pan,
sino de cariño.
Y mientras el café humee
sobre la mesa,
escribiré mi nombre
como quien escribe una promesa.
Diré que mi cuerpo no es territorio de conquista,
sino casa.
Que mis cicatrices son pequeñas ventanas
por donde entra la luz.
Que mis ojos guardan
un idioma que nadie tiene que descifrar.
Que en mi boca existen caminos
que solamente yo decido recorrer.
No esperaré que alguien venga
a decirme que soy suficiente.
Lo sabré.
No esperaré que alguien me elija
para sentirme digna de amor.
Me elegiré primero.
Y si algún día llega alguien
que quiera caminar a mi lado,
no le entregaré las llaves de mi casa:
le abriré la puerta.
Porque ya no quiero que me salven.
Quiero vivir.
Quiero quererme
con esa obstinación luminosa
con que las flores rompen la tierra
sin pedir permiso.
Y si alguna vez vuelvo a caer,
volveré a buscarme.
Porque aprendí,
por fin,
que hay un amor
que no abandona,
que no huye,
que no necesita promesas:
el que nace cuando una mujer
se mira profundamente
y, sin miedo,
se dice:
aquí estoy.
Aquí me tengo.
Aquí me amo.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2018.