José Honorio Martínez Ochoa

Intermitencias

Intermitencias

Estoy sentado
y pienso escribir un poema
con mis recuerdos intermitentes.

Quiero desdibujar el agua del recuerdo
sin que se escapen las palabras,
detenerlas un instante
antes de que vuelvan a la corriente
de donde vienen.

Dibujo tus labios
como un cristal que recrea la selva,
una transparencia de donde emerge el mar
y una emanación de mariposas
atraviesa la luz.

Tus brazos se deslizan
como abanicos.

El follaje del silencio
penetra desde el mar
como una culebra encrespada
que asciende por la barranca.

Y mientras escribo
regreso a mis años en Mactumactzá.

Mi sangre vuela por las arterias
como una catarata
y algo de aquel tiempo
todavía corre en mí.

Soy la sinfonía de las inundaciones,
el rumor de los pies
sobre un territorio
hecho de intersecciones matemáticas,
líneas que se cruzan
sin saber todavía
hacia dónde conduce el encuentro.

Estoy sentado bajo el cielo azul.

Estoy ahí.

La ola no se rompe.

Permanece suspendida
en el instante
en que el frío encuentra la lluvia
y la lluvia encuentra la tierra.

Tengo la paciencia de la flor
donde se posa la abeja.

No hago nada.

Permanezco.

Y en esa permanencia
el recuerdo comienza a respirar.

Mi estancia es este escenario
que estremece el territorio
de un corazón.

Un corazón que no explica,
pero designa relámpagos de insectos,
pequeñas luces
que aparecen y desaparecen
en la espesura de la memoria.

Entonces comprendo
que recordar no es regresar.

Es permanecer
en el lugar donde algo todavía sucede.

Por eso escribo.

Para que el agua no borre
lo que alguna vez fui.

Para que tus labios
sigan siendo cristal.

Para que la selva
continúe abriendo sus mariposas.

Para que Mactumactzá
permanezca en mi sangre
como una lluvia antigua.

Y para que las palabras,
antes de escaparse,
encuentren una morada
en el poema.