Quizás no lo entiendas ahora… o quizás no lo hagas nunca. Porque no necesitas hacerlo. Las decisiones que tomamos son puramente nuestras, y quien debe quedarse jamás debería cargar con las consecuencias ni abrazarlas como propias.
Escuché cada una de tus palabras, incluso cuando mi mente estaba lejana, aferrándose a una atmósfera onírica, reconfortante y dulce, como el café que solíamos comprar los sábados, en aquellos días de invierno.
Un invierno que se extendió sobre mi existencia durante demasiado tiempo.
Como una historia que, una vez terminada, deja una huella imposible de borrar.
No podría imaginar un infierno peor que este…
El de vivir con susurros convertidos en cuchillos afilados dentro de mis oídos, mientras el vacío consume lentamente mis huesos hasta reducirlos a polvo.
La voluntad de vivir se vuelve cada día más escasa.
Se reduce a diminutas motas de polvo que danzan en el aire junto a sus compañeras, sin rumbo, sin destino, suspendidas en un lugar al que nadie parece pertenecer.
El paraíso solo fue una utopía nacida de mi enorme necesidad de aferrarme a algo.
A una esperanza vacía.