Señor, muéstrame qué hay en mi corazón
Señor, tú que sondeas hasta lo más profundo del ser,
tú que conoces cada fibra, cada latido, cada pensamiento antes de que se forme,
muéstrame tú qué hay verdaderamente dentro de mi corazón.
Descorre el velo que yo mismo he tejido para ocultarme de mí y de ti.
Desvela cada rincón oculto, cada herida que no he querido mirar,
cada desorden, cada temor, cada intención que no nace de tu amor.
No me dejes vivir en la ilusión de lo que parezco,
sino ayúdame a verme tal como tú me ves:
con mis luces y mis sombras, con mis debilidades y mis anhelos,
para que, con el alma desnuda y sin máscaras,
pueda limpiarme, arrepentirme, y crecer cada día más a tu imagen.
Que no haya secreto que te esconda,
ni rincón del alma donde tú no entres,
porque donde tú entras, llega la luz, y la oscuridad huye para siempre.
Sonda mi corazón, oh Dios, y conoce mi camino;
ve si hay en mí camino de maldad, y guíame por el camino eterno.
Espíritu Santo, dame sabiduría para tomar decisiones
Espíritu Santo, Amor Divino, Consolador y Guía fiel,
tú que conoces el principio y el fin, lo visible y lo oculto,
dame la sabiduría que viene de lo alto, para cada decisión de mi vida.
No la sabiduría que el mundo alaba, llena de orgullo y cálculo propio,
sino la sabiduría que es pura, pacífica, llena de bondad y de fruto de amor.
Cuando el camino se bifurque y no sepa hacia dónde ir,
cuando las voces de afuera se mezclen con mis propios miedos,
cuando la duda me rodee como niebla espesa,
pon tu paz en mi alma como señal clara:
que lo que trae tu paz, venga de ti; y lo que la quita, lo aleje de mí.
Ilumina mi entendimiento, purifica mis intenciones,
que no elija guiado por el interés, ni por el miedo, ni por el qué dirán,
sino solamente por lo que agrada a tu corazón y construye tu Reino.
Que cada paso, cada elección, cada sí y cada no,
sea un paso más cerca de ti y de tu voluntad perfecta.
Dios, hazme más sensible a tu voz
Dios mío, Creador y Padre, hazme más sensible a tu voz.
Afina el oído de mi espíritu, que se ha vuelto torpe por el ruido del mundo,
por las prisas, por las distracciones, por tantas voces que piden mi atención.
Enséñame a escucharte donde siempre hablas: en el silencio.
Porque tú no estás en el estruendo, ni en el viento impetuoso, ni en el fuego ruidoso,
sino en el susurro suave y tierno que solo el alma quieta puede percibir.
Haz que reconozca tu voz en la calma después de la tormenta,
en la Palabra que vive y actúa, en la ternura de quien me ama sin condiciones,
en el rostro del que sufre, en la paz que llena el pecho cuando me rindo a ti.
Que tu voz sea la primera que busco al despertar,
la que consuela mi llanto, la que endereza mis pasos extraviados.
Que nada ahogue tu voz dentro de mí:
ni el ruido de las preocupaciones, ni el ruido de mis propios deseos,
ni el ruido de todo aquello que pasa y se desvanece.
Que yo aprenda a decir, como tu pueblo antiguo:
\"Habla, Señor, que tu siervo escucha\".
Dame fuerzas para obedecerte aunque me cueste
Señor, dame fuerza para obedecerte, aunque duela, aunque cueste, aunque sea difícil.
Porque muchas veces tu camino no es el camino fácil,
sino el camino que pide soltar, renunciar, esperar, perdonar, confiar.
Cuando mi propia carne se resista y me diga: “¿Para qué tanto sacrificio?”,
cuando el mundo me llame loco por elegir tu voluntad,
cuando mi corazón tema soltar aquello que amo,
dame la fuerza que no viene de mí, sino de ti, que todo lo puedes.
Recuérdame que obedecerte no es esclavitud, sino la verdadera libertad,
porque solo quien camina de tu mano camina seguro, sin perderse.
Que yo entienda que tu voluntad es siempre mejor que cualquier plan mío,
que tus caminos son más altos, más sabios, más llenos de amor que los míos.
Dame valor para decir: “Aquí estoy, Señor, hágase en mí según tu palabra”,
aunque tenga que cruzar el desierto, aunque tenga que subir la cuesta,
porque yo sé que quien te obedece nunca camina solo,
y quien confía en ti, nunca queda avergonzado.
Jesús, haz que te conozca más que cualquier otra cosa
Jesús, mi Salvador, mi Maestro, mi Vida, mi Todo:
haz que te conozca a ti, más que cualquier saber, cualquier riqueza, cualquier gloria terrenal.
Que conocer tu corazón, tu bondad, tu misericordia, tu amor infinito,
sea el único anhelo, la única sed, la única meta de mi existencia.
Que nada comparezca ante ti: ni el éxito, ni los aplausos,
ni los bienes que pasan, ni los afectos que se desvanecen,
ni mis propios sueños, si no están fundados en ti.
Que cada día te descubra un poco más profundo, más hermoso, más cercano:
que te conozca en la oración, en la Palabra, en la prueba, en la alegría,
en el hermano que sufre, en el perdón que das y que aprendo a dar.
Que conocerte sea mi vida, mi fuerza, mi recompensa eterna.
Y que todos los que me rodean, al verme vivir, no me vean a mí,
sino que vean tu amor reflejado en mis ojos, tu ternura en mis manos, tu paz en mi palabra.
Que mi vida entera diga con el apóstol:
\"Para mí, el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.\"
Nada hay en el cielo ni en la tierra que yo desee fuera de ti.
Cierre del alma
Señor, toma mi corazón, que es tuyo desde antes de nacer.
Sondéalo, llénalo, guíalo, transfórmalo.
Que tu voz sea mi brújula, tu voluntad mi camino, tu amor mi única riqueza.
Que yo te conozca cada día más, y te ame cada día más, hasta que un día te vea cara a cara.
Amén y amén.