Te amo desde lejos,
forma mansa de quererte.
Desde este rincón donde ya no se espera nada,
ni siquiera tu regreso.
Y no, no quiero que vuelvas.
No quiero tropezarme contigo en ninguna puerta,
ni en un mensaje a deshoras,
ni en el resto de los días
que me quedan por vivir.
Te amo porque sí.
Porque alguna vez habitaste en mí
y eso, por puro capricho del alma,
todavía cuenta.
Qué cosa rara es el amor
cuando se le cae la urgencia de pedir.
Cuando ya no ambiciona cuerpos,
ni promesas,
ni explicaciones,
ni siquiera un futuro.
Cuando le basta con la memoria
de unas manos,
de una mirada,
de una noche cualquiera
que para mí fue el mundo entero.
A veces apareces.
No sé con qué maña lo haces.
Llega la noche,
el sueño se pone esquivo
y de pronto estás ahí,
como si todavía guardaras
copia de la llave de mi asombro.
Pero no vienes a hacerme falta.
Ni a golpear viejas puertas.
Vienes solo
a recordarme que alguna vez sentí tanto
que llegué a confundir tu nombre
con el horizonte.
¡Y qué demonios! eso también fue vivir.
Te amo sin esperarte.
Te amo sin buscarte.
Sin esa necia costumbre
de exigir que el otro nos quiera
para sentir que el viaje valió la pena.
Ya no necesito que me ames.
Mírame ahora.
Tanto tiempo creyendo
que el amor era una forma de la espera,
y resulta que se parece más a esto:
a quererte
sin pedirte absolutamente nada.
Quizá por eso ya no duele tu ausencia.
Porque hay gente que se va
y se lleva los muebles de la historia,
y hay otra que se queda de otro modo.
No en la vida.
En uno.
Tú te quedaste ahí.
No como una herida abierta,
ni como una tonta esperanza.
Como esos viejos temas que ya no suenan en el ruido cotidiano, pero que de pronto vuelven y se te meten por la piel con la misma urgencia intacta, como si el tiempo no hubiera pasado y aún supieras de memoria cada rincón de su compás.
Y yo sigo aquí.
Sin esperarte.
Sin buscarte.
Queriéndote, sí.
Pero en paz.
Porque al final de cuentas,
hay personas
que no se quedan a nuestro lado.
Se quedan en nosotros.
Y tú eres exactamente eso:
un sitio al que mi corazón
todavía sabe llegar
sin necesidad de regresar.