Midnightfrases

Todas las palabras de mi diccionario

A veces me siento como un adicto.

 

Un día estoy bien, respiro, salgo, me río, y por unas horas parece que finalmente estoy aprendiendo a vivir sin ti.

 

Y al día siguiente basta una canción, una fotografía, una conversación vieja, una palabra tuya, para que vuelva todo.

 

La ansiedad. El vacío. La necesidad de escucharte. Las ganas de volver atrás.

 

Como si mi corazón tuviera síndrome de abstinencia de una persona que ya no puedo tocar.

 

Nunca pensé que el amor pudiera ser una droga tan fuerte.

 

Que alguien pudiera entrar en mi vida y tener tanto poder sobre mis estados de ánimo, sobre mis noches, sobre mi manera de respirar.

 

Y entonces vuelvo a nuestras conversaciones.

 

Y ahí estás.

 

Tú.

 

La mujer a la que le prometí amar en todas nuestras vidas.

 

Y ahí estoy yo también, escribiéndote como si el futuro fuera algo que podíamos garantizar, como si decir para siempre fuera suficiente para hacerlo realidad.

 

Leo mis palabras y me duele reconocerme.

 

Ahí están mis miedos. Mis inseguridades. Mis arrepentimientos. Mis disculpas. Todas las veces que intenté explicarte lo que ni siquiera yo sabía cómo explicar.

 

Y tú siempre estabas ahí.

 

Comprensiva.

 

Paciente.

 

Escuchándome.

 

Amándome incluso en las partes de mí que yo mismo no sabía cómo querer.

 

Y entonces entiendo por qué despedirme de ti se siente como despedirme de una parte de mi propia vida.

 

Porque no solamente te di mi amor.

 

Te di mis palabras.

 

Todas.

 

Las bonitas. Las torpes. Las desesperadas. Las que nunca había pronunciado por nadie.

 

Te di todas las palabras de mi diccionario para intentar explicarte lo que significabas para mí.

 

Y ahora que te fuiste, abro la boca y no encuentro ninguna.

 

Estoy vacío.

 

No porque no tenga nada dentro, sino porque durante tanto tiempo todo lo que tenía tenía tu nombre.

 

Y qué extraño es esto:

 

tener tanto que decir y no tener a quién decírselo.

 

Querer contarle a alguien que te está doliendo que esa misma persona es la razón del dolor.

 

Querer decir “te extraño” sabiendo que ya no tienes derecho a decirlo.

 

Querer preguntar si alguna vez también te acuerdas de mí, pero saber que algunas respuestas solo conseguirían romperte más.

 

Entonces vuelvo al silencio.

 

Ese maldito silencio que llegó después de tantas palabras.

 

Después de tantos te amo.

 

Después de prometer que nos amaríamos en todas nuestras vidas.

 

Y quizá eso es lo que más me duele:

 

que yo todavía estoy intentando despedirme de alguien a quien una vez le prometí que nunca tendría que despedirme.

 

Hoy entiendo que no solamente estoy perdiendo a una mujer.

 

Estoy perdiendo una versión de mí.

 

La que creía en nosotros. La que hacía planes contigo. La que pensaba que podía encontrarte en todas mis vidas.

 

Y ahora tengo que aprender a existir en esta.

 

Sin ti.

 

Con todos los recuerdos.

 

Con todas las palabras.

 

Con todas las promesas que ya no tienen dónde cumplirse.

 

Y tal vez algún día vuelva a encontrar mi voz.

 

Tal vez algún día abra mi diccionario y descubra que todavía quedan palabras que no llevan tu nombre.

 

Pero hoy no.

 

Hoy solamente puedo decir la verdad más sencilla que me queda:

 

te extraño.

 

Y después de haberte dicho tantas cosas durante tanto tiempo,

 

qué cruel es descubrir que las últimas palabras que me quedan para ti son precisamente las que ya no puedo decirte.