Tengo un grito amarrado a mi pecho,
un hijo bastardo de la libertad,
abandonado a su suerte,
que busca una voz que lo haga tronar
y vencer a la muerte.
A veces murmura fuego y traga ceniza,
y en mis adentros hierve entre risas marchitas;
huye de todo y hasta de su sombra,
mastica su rabia y escupe las sobras.
Del dolor del amor nació el rencor,
triste vástago repudiado por ambos.
Ahora el corazón trancó su portón,
y en su ciudad solo habita una noche quieta.
Ya no se escucha el clamor del cantor,
ni la dulce melodía del poeta,
sólo el crepitar furioso de mil hogueras,
que queman sonrisas y lágrimas secas.