El animal no pide casa grande.
No exige que la mesa esté servida
ni que el tejado ignore la tormenta.
Se parece más bien a un perro viejo
que entra sin hacer ruido por la puerta,
roza con su hocico húmedo la tibia
y se echa sobre el suelo frío,
exactamente allí
donde entra el único rayo de luz de la tarde.
No salta, no reclama,
no exige que la vida sea distinta.
Solo apoya la barbilla en la madera,
cierra los ojos
y calienta con su aliento lento
el sitio exacto donde estabas solo.
Tiene el lomo suave de lo que no pesa.
Se alimenta de sobras:
de una taza de agua que no se derrama,
del crujido del pan,
de la suerte de seguir respirando sin dolor.
Y cuando cae la noche,
no pide explicaciones a la sombra:
se acurruca en la esquina de las manos
y se queda dormido
sobre la pequeña porción de tierra que nos toca.
Antonio Portillo Spinola ©