Quién imaginaría que el amor
nacería de una manera
tan informal y a la vez tan formal,
como siempre...
o, mejor dicho, como casi nunca.
La política enaltece a la cultura,
la paz condujo a la calma;
así como la noche conduce al día,
quién diría que rozaría el sol
sin tocarse uña a uña,
sin tocarse labio a labio,
ni siquiera una hebilla,
ni una manga.
Y como en la salida hacía tanto frío
y ella no tenía más que solo sandalias en sus pies,
procedieron a meterse a un bar
un poco de mala muerte.
Ella le pidió al mesero dos rondas
y él, claro que las aceptó
a pesar de que nunca habia tomado
alcohol.
Y cuando llegaron a casa,
a la de ella claro está, y el frío casi
congelaba sus labios,
la mirada se sentía tan viva...
En ese momento
ella le dio un refugio a él por una noche,
y él, claro que aceptó.
Hablaron sobre fábulas,
arte, novelas, poesía
frente a una taza de chocolate caliente,
hasta que al fin el silencio
tuvo sus razones para nacer.
Él dijo: «Debo irme»,
y ella en su mente no hacía más que
repetirse una y otra vez: quédate.
Y él solo pensaba en cuánto de verdad
iba a extrañarla.
Ella, de pronto, dijo:
—Bueno, ¿por qué no te quedas esta noche?
De manera que él se quedó
sin llevarle la contraria.
Al principio quería darle un beso;
luego solo quería quitarle
la ropa.
Ella, sin decir palabra alguna,
se impulsó a darle un beso,
y ya a esas alturas,
lo que antes era un horrendo frío...
ya no producía frío ni en ellos,
ni en la noche.