Luis Barreda Morán

Desnudez

Desnudez

Llegaste vestida de aurora,
con la rosa encendida del cuerpo,
con la música tibia de tus formas
y un perfume de jardín secreto.

Y yo te miré en silencio.

No era tu cintura de luna,
ni la seda morena de tus hombros,
ni el fulgor de tus labios,
donde parecía dormir
un pequeño dios del deseo.

Yo buscaba otra cosa.

Quería encontrar, detrás de tus ojos,
la verdad que ninguna vestidura oculta;
esa palabra que tiembla en el pecho
cuando el orgullo se queda sin máscaras
y el corazón habla en voz baja.

Tú me ofreciste la belleza,
esa breve joya que el tiempo
acaricia primero
y después convierte en recuerdo.

Pero yo quería el misterio.

Quería saber qué música guardabas
cuando nadie te contemplaba;
qué tristeza escondías
en las habitaciones secretas de tu alma;
qué sueños te visitaban
cuando la noche apagaba los espejos.

Tu cuerpo era hermoso, sí,
como un jardín bajo la luna,
como una estatua de mármol
en un palacio de oro.

Pero las estatuas no aman.

Y yo no buscaba una estatua.

Buscaba una mujer
capaz de desnudar su verdad,
de entregar no la piel,
sino aquello que no puede tocarse:
la ternura, el miedo,
la memoria,
el deseo de ser amada sin disfraces.

Quizá venías de otros brazos
donde el amor fue solamente incendio,
de otros labios que confundieron
la pasión con la eternidad.

Quizá aprendiste
que para retener a un hombre
basta con ofrecerle la belleza.

Pero yo no quería poseerte.

Quería conocerte.

Y cuando comprendí
que detrás de tu desnudez
seguía vestida tu alma,
me alejé lentamente,
sin reproches,
sin lágrimas,
sin siquiera volver la mirada.

Porque hay distancias
que no se miden con pasos.

Hay alturas del espíritu
a las que no llega el deseo.

Y hay cuerpos que pueden abrazarse
sin que jamás se encuentren
dos almas.

Por eso me fui.

No porque tu belleza fuera poca,
sino porque era demasiado pequeña
para aquello que yo buscaba.

Yo quería entrar en tu alma
como entra la luz en una catedral,
sin romper sus vitrales,
sin profanar sus silencios.

Quería beber de tu verdad,
no de tu cuerpo.

Y acaso por eso
tu desnudez no pudo desnudarme.

Porque mientras tú me ofrecías la piel,
yo esperaba el corazón.

Y comprendí, demasiado tarde,
que no todos los cuerpos desnudos
están dispuestos
a quitarse el alma.

—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Noviembre, 2018.