Detesto el sentimiento
de perder.
Pero no simplemente perder.
Porque si ni siquiera te esfuerzas,
¿realmente se tiene derecho
a quejarse por la derrota?
Lo que detesto
es esforzarme...
y aun así perder.
No por falta de interés.
No porque me haya rendido.
Sino porque al final,
la decisión
la tomó alguien más.
Y quizá por eso
me mata pensar
que perdí por un segundo.
Que después de todo,
me quedé
a un pequeño instante
de tenerlo todo.
De tenerte a ti.
Porque qué triste
es pensar
que existen amores
que se quedan
a solo un momento
de convertirse
en la mejor de las historias.
En la vida
que alguna vez imaginaste.
Y sin embargo,
basta un segundo.
Uno solo.
Para que aquello
que estuvo tan cerca de serlo todo
termine convirtiéndose
en algo que jamás
llegó a ser.
Quizá estoy exagerando.
Pero así lo sentí.
Como si hubiera llegado
hasta el final,
solo para descubrir
que me faltaba
un último instante.
Me faltó un segundo...
y me costará toda la vida
extrañarte.