Miguel Aiuqrux

EL MATADERO

 

\"Hipócrita lector, mi semejante, mi hermano.\"
Charles Baudelaire

 

Eres ganado.

Lo sabes, aunque todavía no hayas aprendido
a pronunciarlo sin sentir vergüenza.

Marchas.

La ciudad te ha puesto una música azul en los oídos
y bajo esa música
el mundo parece hermoso.

Las vitrinas resplandecen.
Las muchachas huelen a domingo.
El cielo tiene esa vulgaridad preciosa
de las cosas que todavía no han sido destruidas.

Y tú caminas.

El carnicero va detrás.

No lo ves.

Es un hombre paciente.
No necesita tocarte.
Ha comprendido algo que los antiguos verdugos ignoraban:
el animal moderno abre solo la puerta de su jaula.

Te regaló una canción.

Una canción dulce,
casi obscena de tan dulce,
para que no escuches el hierro,
para que no escuches las pezuñas
golpeando el suelo de los que llegaron antes.

Escuchas.

Y por un instante
te sientes libre.

Ah, qué palabra tan hermosa
para una garganta destinada al cuchillo.

Libertad.

La pronuncias mientras obedeces.
La publicas.
La defiendes.
La repites hasta convertirla en una moneda sin valor.

Luego sigues caminando.

Yo también camino.

Pero no por las mismas razones.

Camino porque necesito perderme
de todo aquello que pretende decirme quién soy.

Camino hasta que la ciudad se vuelve una mancha,
hasta que las voces se pudren detrás de mí,
hasta que mi propia cabeza se levanta como una iglesia abandonada
y entro en ella sin saber si voy a encontrar a Dios
o a mi propio cadáver.

A veces encuentro solamente silencio.

Y el silencio es insoportable.

Por eso comprendo al ganado.

No somos cobardes.
Somos criaturas cansadas.

Nos dieron placeres para que no preguntáramos.
Nos dieron nombres para que no buscáramos el nuestro.
Nos dieron caminos para que nunca descubriéramos
que no llevaban a ninguna parte.

Y nosotros aceptamos.

Qué magnífico animal es el hombre:
puede contemplar las estrellas
mientras le afilan el cuchillo.

Nietzsche habría sonreído.

Kierkegaard habría tenido miedo.

Kant habría preguntado por el deber.

Y yo, que no soy ninguno de ellos,
solo puedo mirar la sangre seca
en las baldosas del matadero
y preguntarme cuándo comenzó la música.

Quizá comenzó en nuestra infancia.

Quizá antes.

Quizá nacimos ya escuchándola.

Una canción maternal,
tibia,
perfecta,
mientras alguien, en una habitación contigua,
limpiaba el cuchillo.

Y ahora somos adultos.

Tenemos libros.
Tenemos amantes.
Tenemos ideas.
Tenemos fotografías donde parecemos felices.

Tenemos incluso la soberbia
de creer que despertamos.

Pero el ganado también sueña.

Y qué importa que sueñe
si continúa caminando hacia el mismo lugar.

Al final,
cuando la música se apague,

no habrá revelación.

Solo un cuchillo.

Solo una luz blanca.

Solo el animal comprendiendo,
demasiado tarde,
que aquella hermosa melodía
no era una canción.

Era el sonido de sus propios pasos
acercándose al matadero.