Nunca me ha complacido comparar a una persona con la medida de otra, pero debo confesarte algo: en ella no habita un simple reflejo tuyo, sino una resonancia imposible. Es como un destello congelado en el tiempo, una leve variación de tu mismo encanto que desafía a la razón.
Permíteme dibujártela con palabras: lleva aquel cabello negro, denso y profundo, y una mirada coqueta que sabe jugar con la luz. Sus labios me cautivan en silencio, y la tibieza de su piel canela me fascina cada vez que el día decanta.
Con ella el tiempo se vuelve dócil. Celebra con risas mis ocurrencias y me pide la calma de un verso antes de entregarse a la noche. Se queda dormida acurrucada entre mis brazos, y al despuntar el alba, la devuelvo a la luz con besos.
Pero hay un misterio que el calendario no ha podido descifrar: en el transcurso de estos siete años se mantiene intacta. No ha envejecido un solo instante, ni su cabello negro a cambiado. Parece que el reloj se ha detenido ante ella, como si no habitara plenamente en este reino de materia y minutos que nos mantiene a todos prisioneros. Por eso me recuerdas tanto a ella... o ella a ti, en una frontera donde ya no sé dónde termina una y empieza la otra.
Por respeto a la delicadeza de su secreto, prefiero guardar el resto muy cerca a mi pecho.
Su nombre, sin embargo, merece ser pronunciado: se llama Angélica, y tal vez por eso, de cariño, solo sé decirle Angel.