No fue una tormenta la que apagó nuestro cielo,
ni un adiós repentino, ni un corazón de hielo;
fue el tiempo, silencioso, dejando de abrazar,
lo que alguna vez juramos que nunca iba a marchitar.
Fuimos como una rosa nacida entre las manos,
dos pétalos unidos por sueños cotidianos;
con besos de rocío y promesas al despertar,
con raíces tan profundas que parecían no acabar.
Pero llegaron los días vestidos de monotonía,
las mismas horas grises, las mismas noches frías;
y aquello que era fuego, ternura y resplandor,
fue quedándose en silencio, escondido entre el dolor.
Nadie arrancó la flor, nadie la quiso quebrar,
simplemente dejamos de aprenderla a cuidar;
faltaron nuestras manos, faltaron nuestras caricias,
y hasta las palabras dulces se volvieron tan ficticias.
La planta seguía en pie, orgullosa en su rincón,
pero tenía sed de lluvia, de sol y de pasión;
sus hojas fueron cayendo, despacio, sin hacer ruido,
como caen los recuerdos cuando el amor queda dormido.
Y quizá eso fuimos: una flor sin primavera,
un jardín esperando una lluvia verdadera;
un amor que no murió por falta de sentimiento,
sino por quedarse solo, demasiado tiempo, en silencio.
Porque hay amores que no terminan con una despedida,
ni se rompen de repente, ni sangran una herida;
simplemente pierden la luz que los hacía florecer,
y un día descubres que ya no saben renacer.
Hoy miro aquella planta y me duele comprender
que no bastaba amarnos: había que saber querer;
porque hasta la flor más bella, si la dejan de regar,
puede guardar su perfume… pero jamás volver a brotar.
Y así, entre hojas secas y pétalos dormidos,
quedaron nuestros sueños, lentamente desvanecidos;
no fuimos una historia que alguien quiso terminar,
fuimos una historia hermosa que nadie supo regar.
B&: Zuleyma Arroyo