Odio sentir.
Odio amar.
Odio ser yo.
Odiar aquello que nace de mí
y que, aun así,
no puedo dejar de querer.
Odio amarte.
Odio todo.
Odio mi corazón,
este corazón terco
que no sabe hacer otra cosa
más que quererte.
Odio mi amor,
porque es demasiado.
Porque me desborda,
porque me consume,
porque siento tanto
que a veces quisiera
arrancármelo del pecho
y dejarlo ahí,
quieto,
sin sentir nada.
Me odio a mí
por sentir tanto.
Por sentir algo
que sé que, al final,
se quedará conmigo
cuando tú te hayas ido.
Y quizá ahí
está mi mentira
yo no podría odiarte.
Podría odiar la distancia,
la despedida,
el vacío que dejarás,
el dolor de saber
que algún día tus manos
ya no estarán sobre las mías.
Podría odiar
todo lo que venga después de ti.
Pero a ti,
no.
Porque yo muero de amor por ti.
Nunca dije que moriría por ti,
porque ¿Cómo podría morir por ti
si ya aprendí a vivir por ti?
Mi alma destila amor por ti,
como si incluso después de romperse
supiera pronunciar tu nombre.
Este amor es mucho.
Muchísimo más grande que yo.
Más grande que tú,
más grande que nosotros,
más grande incluso
que este universo
que parece demasiado pequeño
para contenerlo.
Y me duele.
Me duele saber que te irás.
Me duele saber que habrá un día
en que tendré que aprender
a vivir sin tenerte.
Pero incluso entonces,
incluso cuando te hayas ido,
no podría mirarte con ojos de odio.
Te miraría
con estos mismos ojos
que siempre te amaran tanto.
Con todo lo que me quede de mí.
Con todo lo que todavía duela.
Con todo mi amor.
Solo con mucho amor,
mi amor.