Freddy Kalvo

A una Alondra

Una Alondra alzaba el vuelo

en su plena juventud

disfrutando la virtud

de ser joven con su vuelo.

Y cercano aquel riachuelo

agua daba de beber

siempre en el amanecer

donde tanto se bañaba

y también, mucho gozaba,

siempre en cada atardecer.

 

Disfrutaba los colores,

los jardines de azucenas

y las muchas cosas buenas

que le daban muchas flores

al compás de los albores.

Y libaba dulce miel

al volar hasta el laurel

con su canto enamorado

bajo el pulcro sol dorado

con aromas de un clavel.

 

Con el paso de los años

fue llegando a la vejez

y arrugándose su tez

fue mostrando muchos daños

como ramas de castaños

que los vientos las devoran

y las hojas deterioran

porque luego, se marchitan

y de pronto ellas crepitan

si las cosas se empeoran.

 

Siendo pronto ya una anciana

nunca pudo alzar el vuelo

¿Y no tuvo algún anhelo?

No lo sé, de forma llana.

Y hubo un día, en la mañana

que cayó en suelo parejo

sin funciones de un reflejo.

Y pensé, súbitamente

de que el tiempo es inclemente

sobre todo, con un viejo…

 

¡Pero no solo es el tiempo

el que pasa la factura!

Se adormece la ternura

y adolece el contratiempo.

Pero todo va a su tiempo

porque nadie de él se escapa

cuando toda cara guapa

con su tez se deteriora

y hay de aquel que la aminora

porque el tiempo siempre atrapa…

 

Hoy la Alondra ya descansa

con un sueño sempiterno.

Y llovió el cielo de invierno

sobre la llanura mansa

que la acoge y la remansa.

Ya nunca verá la luna

si la tierra es quien la acuna

como flor con sus raíces

junto con otras perdices

que vivieron en comuna.