Autor: Dario Daniel Lugo
“No se puede comprender lo que no puede comprender.
No hay luz más allá que la oscuridad.”
— Darío Daniel Lugo
I
Cierro los ojos para no ver la luz que miente,
esa claridad de vidrio que maquilla la grieta del tiempo.
Aquí, donde la sombra no es ausencia sino sustancia,
el nombre cae de la piel como una piedra arrojada al abismo.
¿Quién habla cuando el silencio toma el mando?
No soy la voz ni el eco que retorna;
soy la pausa milimétrica entre la pulsación y la nada,
el buzo que tocó el fondo del espejo y olvidó cómo flotar.
II
El mapa no requiere líneas cuando la gravedad se quiebra.
Hay montañas sin cúspide flotando en arenas negras,
donde los relojes de arena devoran su propio polvo
y el observador se disuelve en la materia que observa.
Bajo el azogue ciego,
lo innombrable no pide ser resuelto:
se padece, se habita, se respira.
No hay escaleras para subir al centro inmanente,
solo la ceguera sagrada del que acepta su propio naufragio.
III
Cuento uno, dos, tres...
y la palabra muere para que la verdad comience.
Cien ejércitos de sombras cruzaron la frontera
buscando el destello que la luz celosa les había ocultado.
Pero en la caverna originaria,
donde el tiempo arde y se detiene,
descubrieron que la única luz auténtica
es la certidumbre de la propia sombra.
IV
Un punto lejano en el horizonte.
Una huella que se borra al momento de ser escrita.
Mírame: no busques mi rostro tras la máscara del reflejo.
Allí donde la desaparición concluye,
un capitán sin barco sostiene la vela sobre la tempestad del vacío.
La puerta permanece abierta.
No hay nada que entender.
La elección, como siempre, te pertenece.