Venís…
Tocás la puerta… y yo la abro.
Te veo y te dejo pasar.
Casi por instinto. Casi como si lo hiciera todos los días. Casi como siempre. Casi como si nunca la hubiese cerrado después de todo el caos que causaste.
Estás ahí, parado del otro lado.
Puedo verte. Podés verme.
Nuestros ojos se cruzan y las miradas que siempre existieron permanecen.
—Pasá —te digo.
Y entrás sin pensarlo, sin dudarlo. Casi instintivamente.
Intentás acomodarte en algún rincón, pero enseguida te das cuenta de que todo es caos. No hay rincones acomodados. No hay lugares. No hay nada limpio ni ordenado en este espacio.
Yo te miro mientras tanto y me doy cuenta de que no reconocés mi casa.
—No es la misma —te digo.
Todo es un desorden desde que te fuiste. He intentado acomodar, pero la verdad es que me gusta el caos que habita acá. Me hace sentir menos sola. Me hace sentir algo desde tu partida.
Me mirás como si no entendieras de qué hablo.
Entonces te explico que el dolor y la ira que me genera este desorden me hacen sentir viva de alguna manera. Que desde que te fuiste, el dolor y el enojo fueron mi bandera.
Lo tuve todo cuando estuviste —te digo.
Estaba lista para volver a ser la mujer de la casa con el patio grande y el Golden en el patio. Aunque ese sueño alguna vez me haya quitado todo lo que era, todo lo que quería ser, estaba lista para querer intentarlo de nuevo.
Y otra vez ese sueño me lo quitó todo.
Así que acá estoy.
En mi caos.
Sintiendo algo que ya no es amor. Que ya no es esperanza.
Ya no me siento invencible. Grande. Mágica. Espectacular.
Ni siquiera puedo sentirme segura de mí misma.
Soy un desastre.
Me convencí de que todo lo que era estaba mal porque nunca te fue suficiente. O porque quizás fui demasiado para lo que podías tolerar, amar, aguantar.
Ya no lo sé.
Pero como no pudiste dejarme libre siendo yo misma, amándome como lo hacía, destruiste lo que era simplemente porque no podías conmigo.
Y yo me quedé destruida.
—Esta es mi casa —te repito.
No tengo nada para ofrecerte.
Las tazas están rotas, así que no puedo hacerte un té.
La cocina no anda, así que no puedo calentarte nada.
La heladera está vacía, así que no hay nada para comer.
Y vos te quedás parado.
Impoluto.
Con tu sonrisa renovada, tus ojos brillando, tu ropa elegante, tu teléfono nuevo, tus zapatillas impecables. Tus rulos intactos, oliendo a perfume.
Y yo te veo.
Te veo radiante. Para nada igual a cómo te conocí.
Evito pensar que otra vez me está pasando lo mismo.
Evito pensar que yo te encontré siendo un desastre y que, gracias a mi destrucción, vos ahora sos alguien entero.
Alguien con una casa ordenada y elegante.
No te miro con lástima.
Ni con envidia.
Ni con nada.
Solo me quedo sentada contemplando lo que sos. Lo que lograste.
No explico nada más.
No agrego nada más.
Me quedo ahí, en mi caos.
Y vuelvo a repetir:
—No tengo nada que ofrecerte.
Y vos…
Vos me mirás como si todo este caos no importara.
Como si solo mi presencia fuese suficiente.
Como si el caos alrededor no existiera.
Como siempre me miraste.
Estando entera.
Estando rota.
O estando a medias.
Te sacás la campera, te arremangás la remera y te acomodás en un rincón al lado mío.
—No vengo a buscar nada —me decís.
—No quiero nada de vos.
Me lo volvés a repetir.
—Quiero estar. Y si querés, me quedo.
Repetís:
—Quiero estar para vos, en tu orden y en tu caos. Vos me encontraste hecho un desastre y me amaste como nadie me amó. Me quiero quedar. Dejame quedarme.
—Ordeno, o no. No toco nada. No vengo a desordenarte más la vida. No vengo a agobiarte. No vengo a poner más caos.
—Solo quiero estar.
—Dejame.
Y yo te miro.
Queriendo creer que vas a poder permitirme ser yo misma en mi desorden.
A pesar de que, en algún momento, el no tener por dónde caminar, comer o sentarte va a empezar a molestarte.
Y te veo.
Como después de recomponerte volvés a un lugar que incendiaste, como si necesitaras repararlo para terminar de avanzar.
Y yo te veo.
E intento creerte.
Aunque al final…
Al final mi caos va a ganar.
Y vos vas a encontrar el último rincón que quedó ordenado por ahí.
Lo vas a desordenar.
Y te vas a ir.
Como siempre fue.
Como siempre te lo permití.