Cuando viajo en bus,
me gusta ir junto a la ventana,
sentir el aire en la cara
y mirar cómo el mundo se afana.
Veo pequeñas hormigas
que corren sin descansar,
unas van deprisa,
otras prefieren caminar.
Y me parece curioso
verlas pasar sin parar,
porque hasta mi propio bus
parece quererlas alcanzar.
Me gusta mi ruta,
no importa dónde vaya a llegar,
si llego temprano,
si me toca esperar.
Porque quizá no me gusta tanto
el lugar al que voy a llegar,
sino este pequeño instante
en el que me puedo quedar
mirando al mundo pasar.