Nada es mío
No hay raíz
ni fuego
que permanezcan;
solo el instante.
Voy hacia un destino trazado,
arrastrado
por las corrientes del tiempo.
En su cauce encuentro
lo que antes fui,
lo que nunca alcancé,
lo que soy,
sin más.
No hay nada que pueda hacer.
Mi voluntad no es mía,
aunque todos
crean lo contrario.
Nada es mío.
No soy dueño siquiera
de esta vestidura de carne
hecha jirones,
de este camino de sangre
que me atraviesa,
de este movimiento en retirada
que me aleja
de mí,
de esta boca cerrada
que no encuentra palabras.
Me abandono
a la materia granular.
A la arena y el viento,
disperso en un juego inmortal
de cuchillos de sol
y de afilados fríos.
Aunque luche,
no cambio un ápice.
Aunque lo intente,
no salvo mi alma.
Aunque lo implore,
no hay redención.
No me salvo de mí,
ni de la agonía
que atraviesa a todos.
Al declinar el día,
soy un fuego enterrado
en el vasto silencio
de la noche.
Un minúsculo
y solitario instante
que pasa y se olvida;
un grano de sombra
que se desvanece.
Ricardo Castillo
De: Cuadernos perdidos (ca. 2022)