COMENTARIOS CON ACEITE
Anoche entré a la plataforma
a buscar un poema...
y me encontré un congreso.
Había comentarios de doce párrafos,
palabras con doctorado,
metáforas bajo observación
y diagnósticos del alma.
Yo pensé:
“Caramba...
qué lectores tan inteligentes”.
Después me dio por sospechar.
Uno hablaba de arquitectura
semántico-emocional,
otro de la dimensión ontológica
del sujeto y su vendaval.
Uno encontró siete capas
debajo de una sola palabra,
y yo mirando mi poema
preguntándome:
“¿En cuál de esas estaba?”
Había tanta terminología
flotando sobre la pantalla
que hasta una coma parecía
haber estudiado en Salamanca.
Y todos con la solemnidad
de quien acaba de descubrir
que una lágrima puede tener
estructura narrativa.
Yo leía muy concentrado,
con cara de intelectual,
aunque por dentro preguntaba:
“¿Esto lo escribió un mortal?”
Dejan aceite de IA
sobre la mesa del poema,
brilla tanto el comentario
que ya nadie ve la letra.
Dejan aceite de IA,
con perfume de erudición,
y uno no sabe si comenta
un poeta...
o un procesador.
Después llegó otro comentario,
largo como una condena.
Hablaba de símbolos,
de pulsiones,
de memoria,
de la condición humana,
de la tensión
entre la ausencia y la presencia.
Yo pensé:
“Este sí leyó el poema”.
Hasta que apareció otro
contestándole al primero,
con idéntica elegancia,
idéntico vocabulario,
idéntico traje de terciopelo.
Y entonces tuve una duda
que me dejó mal parado:
¿Estaban hablando los poetas
o las máquinas entre ellas?
Dejan aceite de IA
sobre la mesa del poema,
uno escribe una respuesta
y el otro le da la venia.
Dejan aceite de IA,
qué elegante confusión:
se felicitan mutuamente
por tener tanta razón.
Y entonces vino lo peor.
Volví a leer el poema.
Despacio.
Y descubrí algo terrible:
yo tampoco sabía
si lo había escrito un poeta...
o una máquina
que había aprendido
a hacerse pasar por poeta.
Quizá el autor es un enchufe,
el lector, una pestaña abierta,
y el poema, mientras tanto,
duerme solo sobre la mesa.
Quizá fue fabricado
en una oficina sin ventanas,
por una inteligencia artificial
que jamás tuvo una infancia.
Quizá el comentario responde
a otro comentario artificial,
y entre ambos se levantan
un prestigio monumental.
Y mientras tanto,
en algún servidor remoto,
dos algoritmos se abrazan
y se dicen:
“¡Qué profunda reflexión!”
Dejan aceite de IA
sobre la mesa del poema,
ya no sé quién escribió a quién
ni quién le puso la reseña.
Dejan aceite de IA,
y yo me río por no llorar:
quizá escribí un poema humano
que una máquina vino a explicar.
Y mañana volveré a publicar.
Con suerte,
alguien leerá el poema.
Y con mucha más suerte...
será una persona.