No intentes borrarme con el agua del olvido,
que mi voz es el aullido que te niegas a escuchar.
Estoy en el aire frío que te busca, endurecido,
en cada esquina rota donde el miedo se hace hogar.
No estoy bajo tierra, ni en la cruz de un camposanto,
soy el pulso en tu sien, la condena de tu suerte.
Me hiciste de tu carne, de tu risa y de tu llanto,
y juro por mi alma que ni el tiempo va a romperme.
Sigo vivo en tu memoria, soy el nudo en la garganta,
el fantasma de tus días, el discípulo del dolor.
Aunque el mundo te prometa que la herida se levanta,
aquí me tienes, dentro, siendo tu único terror y amor.
Desde niño me vi atado a castigos que no eran míos,
cargando cruces ajenas en un calvario sin final.
Aprendí que ser valiente es caminar sobre mil ríos de sangre y de silencio,
aceptando el castigo letal.
Me dijeron que el coraje era el escudo del guerrero,
pero fue la soga al cuello que ajustaron sin piedad.
Sobreviví a la infancia en un mundo traicionero,
muriendo cada día por defender mi propia verdad.
Sigo vivo en tu memoria, aunque cierres la ventana,
soy el eco de la culpa que te muerde en la pared.
La vida me arrancó la piel y me dejó la entraña,
condenado a ser valiente... y a perderlo todo otra vez.