Te conocí con una personalidad indecisa.
Mirar tu perfil bien delimitado
por la sombra de los árboles en verano,
ver tus dedos corriendo por los dientes blancos
sobre el piano.
Me hipnotizaba el bailar de tus manos,
la vivacidad del momento
y verte siendo el protagonista de tu propio concierto.
Te conocí resolviendo teoremas matemáticos,
cuando eras un loco algebraico
y la fórmula general la llevabas en la mano.
Cuando tenías la paciencia para repetir lo incomprendido,
para seguirme enseñando y apoyando.
Cuando tus confesiones de amor se disfrazaron
en notas de piano
y en medallas con reformulaciones,
la cegues me invadió
y el tiempo nos soltó.
Ahora, solo pienso en el pianista aritmético.