Cuántas veces golpeé
las puertas de tu silencio,
implorando una gota
de tus recuerdos.
Tus cantares, rumor sin dueño,
eran brasas que encendían mi nombre,
aunque tu voz
jamás me alcanzara.
Cuántas hojas cayeron en vano,
palabras que no germinaron,
savia que se hizo ceniza
en la aridez de tu memoria.
Yo, testigo de un fuego sin regreso,
me consumí en la penumbra
de tus versos no escritos.
El tiempo se volvió abismo.