Bolívar Delgado Arce

EN EL OCASO

Que nadie escuche nuestras voces

ni mire nuestros rostros,

que nadie rompa nuestro silencio

ni los suspiros de la tarde.

Que solo el susurro del mar

ensangrentado

que solo el sol

mercurial

nos den su abrazo,

que nos abracen en la voz

y en el silencio vespertino

cuando aun las siluetas

de las aves oscuras, en hileras

se despidan en su viaje

a los luceros,

y nos dejen otra vez solos

con el musitar del viento

besando, acariciando

-como yo, tu pelo y tus manos-

los pliegues del acantilado.

 

Bolívar Delgado Arce