Quisiera perdonarme,
pero para ello debo sentir la existencia,
tocar el pulso de mi propia urgencia
y rescatarme.
Quisiera pedir perdón,
pero para ello requiero lucidez,
saber quién soy
y qué borré esta vez la confusión.
Quisiera perdonar, pero debo ser.
Y nada soy. Soy apenas el polvo leve del camino,
una molestia ciega en el zapato del destino,
un paso que se da sin saber a dónde voy.
¿Qué soy? Algo que estorba al pie del caminante,
las luces del firmamento para el ciego,
lo olvidado por la memoria y por el ruego,
un parpadeo gris, un eco irrelevante.
¿Cómo perdonar desde la nada?
¿Cómo pedir perdón desde el no ser? ¿
Cómo sentir lo absurdo de la herida
cuando no se está en la vida,
cuando no hay un amanecer?
Lo dijo ya el profeta en su lamento:
mejor es el abortivo que el nacido.
Acaso sin registro, en el olvido,
¿puede existir un cuerpo o un aliento?
¿Acaso puede una persona estar, latir, sufrir,
quedarse en la mirada...
o solo queda disolverse y esperar existir,
firmemente, en la nada?