Me gusta ser poeta y jugar con las letras,
admirar la tierra y la belleza que le surca
imaginarla como musa que no se acaba nunca;
adueñarme de la noche y las almas desnudas.
Me gusta el profundo idilio perpetuo
que inspira la conjetura de la eternidad
con la absoluta magia de la arbitrariedad
que el arte me da, cual acto de piedad.
Me gusta la poesía que me cura de la verdad
torciendo lo inerte hacia la practicidad;
encontrar en el mármol una escultura,
en un acorde de guitarra, la inmortalidad.
Me gusta ver diferente lo habitual
conquistar ideas lejanas en la cercanía,
sentir que puedo dar vida usando rimas,
apostar por imposibles, cerrar heridas.
Me gusta ser poeta y soñarme extraño,
tener permitido cantar los sinsentidos
la libertad de elegir los propios caminos
por los cuales arrastrar mis engaños.