Quieren y no tienen...
porque la sed lleva antifaz de luciérnaga
y el hueco se adorna como altar.
Abrazan figuras hechas de humo,
y su hambre muerde
pan de nube.
Incluso el amor,
cuando no se lanza como piedra al río,
se curva, se repliega
y muere como campana muda
colgada de un hilo roto.
Pueden y no quieren.
Su fuerza permanece sentada en el umbral,
con la puerta entreabierta,
mientras los días entran y salen
sin llevársela consigo.
Buscan lejos,
más allá del lenguaje,
como pájaros que ignoran sus alas,
atentos al canto de otros nidos,
sin oír que el silencio propio
guarda la clave del vuelo.
Y estaba allí...
donde nadie buscaba,
debajo del ruido,
detrás de la mirada.
Estaba allí...
sin nombre y sin testigos,
esperando en silencio
que volvieras a ti.
Creen que el oro canta en altares ajenos,
en relojes que juran eternidad,
en sellos marcados por siglos,
en nombres que se pronuncian como himnos;
pero el oro verdadero
crece
en la raíz del susurro.
Y estaba allí...
donde nadie buscaba,
debajo del ruido,
detrás de la mirada.
Estaba allí...
sin nombre y sin testigos,
esperando en silencio
que volvieras a ti.
¿Cuánto mundo hace falta
para volver a casa?
¿Cuántas puertas,
cuántos nombres,
cuánta distancia...
para descubrir
lo que nunca se había ido?
Y estaba allí...
donde nadie buscaba,
debajo del ruido,
detrás de la mirada.
Estaba allí...
No pedía coronas.
No pedía caminos.
Solo esperaba
que volvieras a ti.
Y muchos, al final,
regresan con los pies llenos de polvo
y la semilla intacta en el bolsillo,
sin saber
que bastaba dejarla caer
junto al árbol del patio...
donde la tierra
todavía esperaba.
L.T.
08/10/2026