Entre las sombras de una torre fría,
donde los vientos silban su desdén,
cuenta la vieja y triste profecía
la historia del avaro de Jaén.
Sus manos son como garras de herrumbre,
sus ojos, dos rendijas de metal,
no conocía el fuego ni la lumbre,
solo el brillo del oro y del herrial.
— ¡Más oro! — Le gritaba a las paredes—,
¡más plata para el fondo del arcón!
No caigas, mi moneda, en otras redes,
quédate presa en este mi rincón.
No compartía el pan con el hambriento,
ni una manta ofrecía en el rigor,
la vida para él era solo un cuento
y la ganancia el único valor.
Su mesa era de miedos y de olvidos,
un vaso con agua rancia y un mendrugo,
los años se pasaron confundidos,
y la riqueza su propio verdugo.
Una noche de invierno y de ventisca,
la Muerte llamó firme a su portal,
no traía una balanza morisca,
sino el frío dictamen del final.
—Ven conmigo, magnate de la nada,
deja el cofre con llave y su doblón,
que en la tierra que tienes asignada,
el rey pesa lo mismo que el peón.
El avaro lloró frente al abismo,
quiso comprar su vida con metal,
pero el oro no salva de sí mismo,
ni frena el paso del viaje mortal.
Hoy se escuchan las monedas tintinear,
en la casa vacía y sin calor,
mientras el viento vuelve a recordar
que el oro no compra el alma ni el amor.