—Abuela, ¿puedo servirme algo en la cocina?
—No, no puedes. De ahora en adelante, toda vulgaridad que brote de las palabras o acciones de tu madre, la pagarás tú.
—¿Yo? —Su mirada rebuscaba el rostro de la abuela sin éxito, pues el nimbo tras la cabeza de esta le impedía verla.
—Sí, tú. Te preguntarás cómo... Pagarás con el agua que bebes y la comida que comes. Yo, si fuera tú, me marcho antes de quedar sin nada, pero tú no tienes nada. Vélo tú, no sé...
Asintió con la cabeza y se marchó hacia el pozo donde, por aquel tiempo, residía...