Hubo hombres
cuyo nombre no aprendió la historia.
Mujeres que atravesaron la vida
sin que una estatua
pronunciara su rostro.
Vivieron.
Amaron.
Trabajaron.
Lloraron en secreto.
Y un día se fueron
sin que nadie levantara una bandera.
Sus nombres no quedaron
en las plazas.
No aparecen en los libros
que sobreviven a los siglos.
El tiempo pasó sobre ellos
como pasa el viento
sobre una piedra
que nadie mira.
Y, sin embargo,
alguien fue feliz
porque ellos existieron.
Un niño aprendió a leer
porque una maestra,
cuyo nombre nadie recuerda,
se quedó después de la hora.
Una anciana murió en paz
porque alguien se sentó a su lado
cuando todos tenían prisa.
Un hombre cambió de vida
porque una desconocida
le habló con ternura
el día en que ya no esperaba
nada bueno de nadie.
Hay vidas
que parecen pequeñas
hasta que descubrimos
todo lo que sostuvieron.
Quizá la grandeza
no siempre deja monumentos.
Quizá hay personas
que hicieron del mundo
un lugar menos oscuro
sin que el mundo
llegara a enterarse.
Y qué extraño es el olvido.
Basta una generación
para borrar una voz.
Dos,
para borrar un rostro.
Tres,
para que nadie sepa
que alguna vez existió.
Pero hay algo
que el tiempo no consigue borrar:
lo que una persona
depositó en otra.
Porque un acto de amor
no termina cuando desaparece
quien lo realizó.
Continúa.
Viaja.
Se transforma.
Una palabra dicha hace cincuenta años
puede seguir viviendo
en la manera en que alguien
abraza a su propio hijo.
Un perdón concedido
puede impedir
que una herida
pase de una generación a otra.
Una mano tendida
puede convertirse,
mucho después,
en otra mano tendida.
Tal vez así
la humanidad ha sobrevivido:
pasándose en secreto
pequeñas lámparas
de unas manos a otras,
sin nombres,
sin aplausos,
sin saber siquiera
de dónde vino la luz.
Por eso no me preocupa tanto
que mi nombre desaparezca.
Me preocupa más
que desaparezca el bien
que pude haber dejado.
Porque un nombre
es apenas una palabra.
Pero una vida
puede convertirse
en otra vida.
Y quizá esa sea
la única forma
verdadera de permanecer:
no ser recordado,
sino haber dejado
algo de nosotros
en alguien
que todavía camina.
Hay personas
cuyas fotografías
se perdieron.
Cartas que nadie conserva.
Tumbas sin flores.
Nombres que el viento
ya no sabe pronunciar.
Pero quizá
el olvido humano
no sea el último lugar
al que llega una vida.
Quizá exista
una memoria más profunda
que la memoria de los hombres.
Una memoria
que no necesita archivos.
Que no pierde rostros.
Que no confunde nombres.
Que recuerda incluso
aquello que nosotros mismos
hemos olvidado.
Y si alguna vez
te preguntas
qué fue de aquella bondad
que hiciste en secreto,
de aquella lágrima que escondiste,
de aquella persona
a la que ayudaste
sin volver a verla,
no tengas miedo
de que el tiempo
la haya borrado.
Tal vez solamente
haya cambiado de lugar.
Porque hay cosas
que no desaparecen.
Solo dejan de estar
delante de nuestros ojos.
Rosa María Reeder
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