El bosque reza en voz tan baja
que el musgo aprende a suspirar.
La tarde, cansada de ser tarde,
se deshoja sobre mi mirar.
Conozco el peso del destino,
nunca la soberbia de vencer;
llevo la luz como la lluvia,
llevo el secreto de caer.
Las hojas tiemblan. No hace frío.
Todo es silencio al respirar.
Hay corazones que hacen ruido;
el mío solo sabe estar.
Pequeño huésped de la sombra,
verde latido del confín,
solo soy un sueño que la tierra
olvidó cerrar al dormir.
Cuántas veces no comprendo
esa música antigua que me guía.
Solo sé que, cuando me detengo,
el mundo comienza a dolerse
por un instante,
todavía.