El ego arruinó mi vida, lo confieso con el alma destrozada,
se instaló en mi pecho como sombra pesada, sin puerta ni entrada,
se apoderó de mis pasos, de mis días, de cada latido,
y convirtió todo mi andar en un océano de dependencia sin sentido.
Mis pasos ya no eran míos, eran cadenas que arrastraba sin ver,
atado a querer más, a parecer, a tener, a prevalecer,
y en medio de esa tormenta que yo mismo alimentaba,
olvidé primero la gratitud hacia Dios, quien todo me daba.
Olvidé dar gracias por el aliento que cada mañana recibo,
por el sol que me toca, por el aire que en mis pulmones vivo,
olvidé que nada soy sin su mano, ni un instante, ni un segundo,
y puse mi propia imagen en el trono, en lugar del Amor profundo.
Me amé demasiado, me miré sólo a mí, en mi espejo me perdí,
y en ese amor ciego, me olvidé del amor a los demás, sí,
se cerró mi corazón, se hizo pequeño, se hizo duro y estrecho,
ya no sentí el dolor del otro, ni su alegría, ni su pecho.
Me hice sordo… el ego hablaba mi lenguaje egoísta, fuerte y ruidoso,
llenaba cada espacio, cada pensamiento, cada reposo.
Su voz era tan alta que tapaba todo lo demás,
ya no escuchaba el susurro de Dios, ni el llanto del que sufre detrás.
Mi voz apagaba voces de gente humilde, sencilla y sincera,
sus palabras suaves, sus verdades pequeñas, yo las hacía esperar fuera.
Creyéndome superior, sabio, dueño de toda la verdad,
pisando corazones, sin ver su luz, sin ver su humanidad.
Olvidé el agradecimiento, esa lluvia que mantiene el alma viva,
y el tiempo, testigo silencioso, me fue marcando con su mano activa…
el tiempo me enterró en la arrogancia, poco a poco, sin prisa,
sepultándome vivo en mi propia vana sonrisa.
Me hundí en mi propio orgullo, fui prisionero de mi espejo,
creí que todo era mío, que yo era el centro, el elegido, el lejos…
y mientras más alto me creía, más vacío sentía por dentro,
porque el ego da ruido, mas nunca da paz ni alimento.
Caminé por caminos de piedra que yo mismo construí,
alejándome de Ti, Señor, alejándome de todo lo que fui.
Olvidé bendecir, olvidé perdonar, olvidé servir,
olvidé que la grandeza no está en subir, sino en compartir.
Hoy, con el alma desnuda y las rodillas cansadas de caer,
reconozco mi error, mi herida, mi forma de ser.
El ego no construye… destruye, separa, miente y aleja,
deja las manos vacías y el corazón sin que lo consuele ni lo deje.
Vuelvo a Ti, Dios mío, con todo lo que soy y lo que no soy,
despojo mi pecho de soberbia, de todo lo que me pesa y me doy.
Quiero volver a escuchar, volver a amar, volver a agradecer,
que mi voz ya no apague a nadie, sino que aprenda a florecer.
Que mi vida ya no sea océano de dependencia y ruido,
sino un río humilde que corre tranquilo, limpio y fluido.
Que ame a los demás como Tú me amas, sin medida, sin condición,
y que mi gratitud a Ti sea el latido eterno de mi corazón.