Sebas 1987

El motin

 

 

El motín

Atrevimiento estético ante una corta vida de rivotril, cuentagotas y el falso augurio detrás del mientras tanto.

Los sin embargos, como buitres, daban sus círculos; y la carne, aquella carne, no era más que un nombre, un antiguo nombre.

En el margen sobre mí, el último fantasma de retórica decía que su melancolía era un motín de las cosas —y luego se disculpaba del poeta con reverencia de tosca— para plegar el cielo minuciosamente antes de los horrores obedientes y los gritos en los fosos que han formado las frustraciones.

Y como no creía en Dios, se sentaba en el parque a alimentar pájaros con páginas de libros de Jorge Bucay, para que estos luego cagasen el cielo.

Siempre tan hermosa y vacía, tan llena de formalidades en su risa y virtudes aburridas.

Casual y sin prisa, con aroma a monte que respira, aroma a durazno que se pudre en las alacenas.

Se quedaba mirando huecos ahí, espejos flagelados y enigmas en el día que a veces, amarillentos, obran por ella.

Tal vez esperando que a alguien se le cayera un ángel, o un sumiso judas, o simplemente todo lo infame de la superstición; y siendo así, la parte dichosa de la espiga sería la pluma, y la pluma en mis manos imitaría ser los pájaros liberados con empatía y alimentados con páginas de libros de Bucay o de agonías irreparables.

Escribía en mis manos con biromes azules y se reía de cómo se reían de mí los que causan risa, y supongo que comencé a mirarla vestida de despedida. De furgón que esperanza ancianos.

Tenía ganas de marcharse y, siendo autodidacta de la ciudad, sabría por dónde se iría.

Pero esta vez no me pondría en medio, dejaría que se vaya.

Que se lleve consigo las camisas y los sombreros, la piel y los puntos de vista.

En el margen sobre ella: un círculo sin punto, un silencio sutil, modesto por donde se lo mire y se ciegue, y un adiós apretado en los colmillos iba y venía dejando un cielo proceloso con angelitos de nubes y algunos santos que, a esa hora, escribían en el celaje frases de amor de Eduardo Galeano.

 

(En las tripas… lo libre del corazón)

 

En el margen sobre el ayer, la dicha perpetua de dejarla ir, y un motín de cosas agujereadas sosteniéndome.