El silencio no es la ausencia de sonido,
sino una materia dura
que se acumula en las esquinas de la casa.
Tiene el peso de la madera vieja,
el polvo blanco que cae sobre la mesa
sin que nadie lo mire,
la densidad del aire
cuando una puerta se cierra
y la bisagra deja de crujir.
Ocupa el lugar donde estuvo la voz,
se mete en la grieta de la pared,
se asienta sobre el plato frío
y sobre la marca que una mano
dejó en el respaldo de la silla.
Si te quedas quieto,
puedes oír cómo empuja contra el cristal,
cómo llena los huecos de la piel
hasta endurecer el tacto.
No hace falta nombrarlo:
está ahí,
inmóvil,
esperando a que alguien ponga los dedos sobre el aire
y descubra
que no se puede atravesar.
Antonio Portillo Spinola ©