No sabemos si el mañana
vendrá con agua o con cenizas.
El horizonte se ha desvanecido
como un viejo mapa que alguien estrujó.
La incertidumbre no tiene rostro,
ocupa la silla vacía en la mesa;
come de nuestro plato sin pedir permiso.
La esperanza no es un vuelo,
es un pie que en lo oscuro tantea,
buscando no tropezar
con el saliente de la grieta.
Veintiocho años no son historia,
son una respiración contenida
que espera que el pecho
decida soltar en un estruendoso grito.
Aún abierta la herida migratoria,
extrañando los ausentes.
La abuela desmemoriada
sigue poniendo en la mesa platos demás.
La incertidumbre es una entidad viviente,
algo que tiene su preámbulo
y se oculta en el telón de fondo.
Aparecen tenues símbolos de resistencia cotidiana,
llenos de esperanzas terrenas
que no prometen milagros,
sino resistencia.
El temor nos anuncia un aciago desenlace.
Hemos de buscar una salida,
será así,
de poco a poco y con las manos sucias.
A futuro la angustia de este desenlace
se entenderá sin necesidad de saber quién era quién.
El tiempo la envolverá como un ensayo universal.
Así, entre el derrumbe y el gesto mínimo,
la incertidumbre es el viento que trastorna.
La esperanza será la mano que ordena
lentamente y sin prisa.
09-08-2026
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