Salva Carrión

Dame candela, morena

 

 

Dame candela, morena,

que yo quiero quemarme,

en el fuego de tu pena

para siempre enredarme.

 

Tengo una zarza encendía,

que de tus ojos me nace,

que me quita la alegría

y con mi sangre se hace.

 

No me busques la salida,

ni me apagues este ardor,

que es más dulce la herida

si la causa es tu calor.

 

Si me pides que te olvide,

yo te pido que me mates,

que mi sangre no decide

donde dan sus embates.

 

Que me entierren en la playa

donde se junta el olvido,

pa que sepas que el que calla

tiene el pecho malherido.

 

Vale más este veneno

que un jardín sin tu pisada;

prefiero el rayo y el trueno

que el vacío de tu nada.

 

Siento el frío del cuchillo,

hielo gris de tu ausencia,

que le sobra más brillo

que a mi amarga penitencia.

 

Que se rompan las guitarras,

que enmudezca el cantaor,

que me clavas tus garras

con un rastro de dolor.

 

Ya doblan las campanas

por un hombre que se pierde,

que entre sombras y mañanas

con tu nombre se muerde.

 

Que no me recen rosarios,

ni me pongan una flor,

que mis únicos calvarios

fueron el nombre de tu amor.

 

—Llora un rastro de azabache

la mujer que lo quería,

que no hay tierra que le tape

el pozo del agua fría.

 

—Ya se callaron los vientos,

la cal cubrió el quejido.

Allí se pudren los besos

que no cuajaron en trigo,

un sagrario albo de huesos

y un mal cantado gemido.

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