Roma.

Trofeo

Ganarlo te regala una felicidad difícil de explicar.

Por un momento, sentís que todo valió la pena. Lo mirás, lo cuidás, lo presumís. Recordás cuánto costó llegar hasta ahí, todo lo que hiciste, todo lo que dejaste en el camino para poder tenerlo finalmente entre tus manos.

Lo atesorás.

Porque cuando algo cuesta, parece valer más.

Pero pasa el tiempo.

Y sin darte cuenta, empezás a acostumbrarte a tenerlo.

Ya no lo mirás de la misma manera. Ya no sentís la misma emoción. Deja de ser algo extraordinario y empieza a ser simplemente algo que está ahí.

Entonces termina en una vitrina.

Acumulando polvo.

Y quizás lo más triste no es que hayas dejado de mirarlo, sino que hayas olvidado todo lo que costó conseguirlo.

Porque hay trofeos que no se ganan para conservarlos.

Se ganan para demostrarse que podías.

Y una vez conseguido el objetivo, la emoción desaparece.

Entonces buscás otro.

Otra meta. Otro desafío. Otro trofeo.

Sin darte cuenta de que, mientras perseguías el siguiente, dejaste de valorar el que tenías enfrente.

Y quizás algún día entiendas que no era un trofeo.

Otro día hablamos de ello.