Rosa Maria Reeder

II. LAS MANOS DEL SILENCIO

Hay manos
que nunca aprendieron a pedir.

Manos de pan,
de agua,
de aguja y cansancio.

Manos que conocen
el idioma secreto de las cosas rotas
porque llevan una vida entera
reparando lo que otros abandonan.

Están las manos de quien limpia
cuando todos se han ido;

las que levantan una silla,
recogen un juguete,
cierran una ventana
antes de que llegue la tormenta.

Las manos que sostienen
la frente de un enfermo
sin preguntarle cuánto pesa su dolor.

Las que parten el último pedazo de pan
y encuentran, de algún modo,
la manera de que alcance para dos.

Nadie recuerda esas manos.

No tienen monumentos.

No aparecen en las fotografías
de los hombres importantes.

No figuran en las páginas
donde la historia escribe sus victorias.

Y, sin embargo,

¿qué sería del mundo
si una sola mañana
todas esas manos
dejaran de hacer
lo que hacen?

Tal vez entonces descubriríamos
que la vida no se sostiene
sobre sus grandes edificios,

sino sobre una multitud de manos
que nadie nombra.

Una mujer dobla una sábana
mientras piensa en alguien
que ya no regresará.

Un anciano riega una planta
que quizá no llegue a ver florecer.

Un padre remienda un zapato
para que su hijo pueda ir a la escuela.

Alguien cocina para otro
sin saber que esa comida
será, muchos años después,
el último recuerdo de una casa.

Y existen también
las manos que no tocan.

Las manos juntas
de quien reza por alguien
que está lejos.

Las manos de quien
no sabe qué hacer ante la desgracia
y solamente puede ofrecer
su silencio.

Pero hay otras manos
todavía más difíciles de reconocer:

las que pudieron herir
y eligieron detenerse.

Las que tuvieron el golpe
al alcance de los dedos
y lo dejaron caer
antes de tocar.

Porque existen batallas
que nadie presencia.

Nadie ve al hombre
que decide no devolver el golpe.

Nadie escucha
la palabra cruel
que alguien tuvo en los labios
y dejó morir allí.

Nadie conoce
el sacrificio diminuto
que ocurre dentro de una persona
cuando elige el bien
sin recibir nada a cambio.

Pero algo queda.

Siempre queda.

Una mano puede desaparecer
de nuestra mirada
y, aun así,
dejar calor sobre el mundo.

Puede levantar a otro.

Cerrar una herida.

Señalar una puerta
cuando alguien había olvidado
que existían salidas.

Puede posarse sobre una frente
y cambiar el destino de una noche.

Quizá las manos más importantes
sean precisamente
las que nunca supieron
que estaban escribiendo.

Porque mientras el mundo
se empeñaba en levantar estatuas,

ellas,

en secreto,

iban dejando huellas
sobre el corazón de los hombres.

Huellas sin firma.

Sin fecha.

Sin testigos.

Y quizá algún día,
cuando todo lo que construimos
haya vuelto al polvo,

cuando nuestras manos
ya no puedan sostener
ni siquiera una flor,

alguien mirará esas huellas

y sabrá exactamente
quién fuimos.

Rosa María Reeder

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