Para un alma antigua,
no solo la boca habla.
Sí.
De sus labios brotan
besos y risas,
nacen nombres,
se esconden canciones
y, en ocasiones,
se ocultan las más bellas declaraciones.
O el más solemne de los silencios.
Pero sus ojos también hablan.
No solo son las ventanas del alma;
aquí se habla con miradas,
con reflejos,
con destellos.
A veces,
pedazos de melancolía
se asoman
y cuentan historias.
Otras,
vienen cargados
de ilusiones,
de esperanzas.
Sus manos no solo tocan;
son como pinceles dibujando.
Descubren constelaciones,
revelan mapas
y, a veces,
son como dos llamas...
Si el corazón de esa alma te habla,
no solo lo hará con palabras.
Aprenderás telepatía,
la clave morse de una caricia.
Un alma así,
no colecciona objetos;
recolecta momentos
y los convierte en recuerdos.
Para ellas,
siempre hay una palabra nueva.
Y si tú conoces un alma así,
quizá el lenguaje seas tú.