Pienso en tu sexo,
dulce terrón de azúcar,
territorio de sal y de uvas oscuras.
¡Oh, racimo de miel en la garganta del crepúsculo!
Amo ese silencio tuyo que truena como un océano,
ese bruto galope de sangre
que nos hace dioses y bestias bajo la misma sábana de viento.
Eres más vasta que la noche que pare estrellas,
porque en tu centro la vida galopa con cascos de arcilla
y hasta la muerte se arrodilla a beber de tu cántaro.
—m.c.d.r