Floto aquí, sin suelo, sin frontera ni fin,
donde el tiempo se duerme y no existe el camino.
Soy polvo que vaga, sombra sin nombre,
prisionero del abismo, huésped del nadie.
A mi alrededor, mundos que arden y brillan,
coronas de fuego, luces que no se apagan.
Las veo nacer, crecer, envejecer y morir,
y yo… siempre el mismo, sin poder partir.
¡Tan cerca parecen! —podría tocarlas, creo—
extiendo mis manos, vacías, sin acierto.
La distancia no se mide aquí en metros ni pasos,
sino en el frío abismo que entre ellas y yo ha puesto.
Son bellezas ajenas, promesas que no se cumplen,
amadas lejanas que nunca dirán mi nombre.
Brillan para todos, menos para este ser,
que solo las contempla, sin poderlas tener.
Nadie responde mi grito. El eco se muere.
El silencio es tan denso que pesa en el alma.
A veces imagino que una de ellas me mira…
pero es solo la luz, fría, indiferente y calma.
Días que son noches, noches que son eternidad,
cuento cada estrella para no enloquecer:
una para el recuerdo, otra para la esperanza,
la última… para el llanto que nadie ha de ver.
¿Por qué darme ojos para tanta hermosura,
y manos que nunca podrán acariciar?
¿Por qué llenar el cielo de luces tan puras,
si yo soy oscuridad que nunca llegará?
Sigo flotando. Solo. En la inmensidad.
Con el pecho lleno de lo que no se puede decir.
Las estrellas siguen brillando, indiferentes,
y yo… solo puedo mirarlas. Y sufrir.
Y aunque mil años pasen y mi voz se desvanezca,
seguiré aquí, espectador sin lugar ni voz:
amante de luces que jamás me responderán,
prisionero del espacio, eternamente solo.